“Polos opuestos”
Ella abría todas las ventanas, a las nueve de la mañana era tarde para flojear, había que tomar aire fresco, darse baños de agua, jabón, shampoo y de sol. Jugar con tierra, correr, cantar fuerte y comer sano.
Él amaba el silencio ajeno, la música brotaba en sus dedos sobre cualquier instrumento, su voz hablada eran trinos extranjeros dulces o altisonantes. Cuando cantaba la atmósfera se llenaba de un tan sublime perfume que hasta hoy puedo oler esas notas cuando necesito su abrazo.
Sin embargo también creaba tempestades, oleajes de lágrimas y ráfagas de estridencia feroz. Aroma a rayos, penumbra, encierro y cero socialización.
Modelitos para imitar eran los rivales “Movimiento perpetuo” v/s “Anti-cabeza de músculo” …
Por parte de los Chocleros había intelectualidad, irritabilidad y trago.
Por parte de los Chispita había verborrea, sentimentalismo y cigarrillos.
En casa los equipos armonizaban al son del asado, cerquita de la torta. Y cuando la guitarra salía a la cancha ya había suficiente líquido vital circulando dentro y fuera de las personas como para animar la fiesta hasta el amanecer. Claro, yo no duraba sino hasta pasada la medianoche, pero poco a poco mi primogenitura me abrió las puertas de la madrugada; el cabeceo cedió su paso a la observación. Así los desvelos fueron punto de partida de más de un cuento raspado silenciosamente en una blanca hoja oculta entre las sábanas.

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